Los adoctrinamientos mañaneros y los herejes extranjeros
Una diputada española de derechas visita México y resucita una vieja pregunta: ¿la injerencia extranjera depende del pasaporte o de la ideología?
Hay viajes que se hacen por turismo, otros por negocios y algunos por razones más difíciles de explicar. El de Cayetana Álvarez de Toledo a México pertenece a esta última categoría.
La diputada española aterriza en Ciudad de México para advertir a los mexicanos sobre los peligros que amenazan su democracia. La escena tiene algo de entrañable y algo de desconcertante. Porque uno se pregunta por qué una política elegida por ciudadanos españoles siente la necesidad de cruzar el charco para explicar a otro país cuáles son sus problemas y cómo debería afrontarlos.
No es una pregunta menor. México tiene más de 130 millones de habitantes, una clase política inagotable, miles de académicos, periodistas, activistas y analistas. Sin embargo, una parte de la oposición parece seguir buscando en España una especie de legitimación intelectual para combatir a Morena. Como si las críticas nacionales no bastaran y hubiera que importarlas con acento de la madre patria.
Durante su intervención, Cayetana habló del crimen organizado, del populismo autoritario y de la erosión institucional. Son asuntos reales. Son asuntos graves. Pero la pregunta sigue ahí, observando desde el fondo de la sala: ¿qué papel desempeña exactamente una diputada española en el debate interno mexicano? ¿Observadora? ¿Invitada? ¿Aliada ideológica? ¿O simplemente participante de una internacional política que ya no distingue fronteras cuando se trata de combatir al adversario común?
La contradicción se vuelve más visible cuando el gobierno denuncia determinadas voces extranjeras mientras celebra otras. En ese contexto, las mañaneras de la presidenta Sheinbaum se han convertido, para sus detractores, en auténticos “adoctrinamientos”: largas sesiones de pedagogía política en las que el poder no solo informa, sino que interpreta la realidad, selecciona a los villanos y distribuye certificados de legitimidad democrática.
Resulta difícil no advertir cierta incoherencia cuando se condena la supuesta injerencia ideológica de una diputada española de derechas, mientras se normaliza o incluso se aplaude la influencia de figuras, movimientos o discursos extranjeros afines a la izquierda gobernante vengan de donde vengan. La soberanía, entonces, deja de ser un principio y se convierte en una aduana ideológica: algunos pasaportes políticos reciben alfombra roja; otros son detenidos en la frontera del discurso oficial.
Porque la pregunta no es si Cayetana tiene derecho a hablar. Lo tiene. La pregunta es por qué unas opiniones extranjeras son consideradas enriquecedoras y otras amenazas a la nación. ¿Se mide la injerencia por su procedencia o por su contenido? ¿Por la nacionalidad del visitante o por la incomodidad que provoca?
La presidenta Claudia y su movimiento han construido buena parte de su narrativa política alrededor de la defensa de la soberanía nacional. Una soberanía que suele invocarse frente a empresarios, organismos internacionales, medios extranjeros o gobiernos considerados hostiles. Sin embargo, la misma firmeza parece diluirse como un helado en verano, cuando las simpatías ideológicas apuntan en dirección contraria. Como ocurre tantas veces en política, los principios parecen universales hasta que aparece una excepción conveniente que lo pone todo patas arriba.
Y, sin embargo, tampoco la derecha sale indemne de esta fotografía. Porque si la visita de Cayetana no constituye una injerencia, cuesta entender por qué era necesaria. Y si constituye una aportación indispensable al debate nacional, habría que admitir entonces que las ideas tampoco conocen fronteras cuando favorecen a la oposición. De un lado y del otro, la soberanía parece utilizarse más como un argumento electoral que como una convicción democrática.
Quizá el problema no sea la injerencia extranjera. Quizá el problema sea la obsesión por encontrar enemigos fuera cuando las grietas más profundas suelen estar dentro.
Al final, la soberanía mexicana parece haberse convertido en una mercancía política extraordinaria: todos la defienden, todos la invocan, todos aseguran protegerla. Pero curiosamente siempre la amenaza el adversario y casi nunca el propio bando.
Mientras Cayetana toma el vuelo de regreso a España y la mañanera vuelve a encender sus focos, la libertad permanece sentada en la sala de espera. Todos dicen hablar en su nombre. Lo extraño es que rara vez le permiten hablar por sí misma.