Rubalcava al mando, usuarios al límite: el Metro vuelve a reprobar
Con los peores niveles de satisfacción ciudadana del país, el Metro enfrenta críticas que apuntan directamente a su actual conducción política
Adrián Rubalcava Suárez está al frente del Sistema de Transporte Colectivo Metro de la Ciudad de México. Y con su nombre en la dirección, el sistema más utilizado del país vuelve a situarse en el centro del debate: no solo por cómo funciona, sino por cómo se gestiona.
Hay decisiones que no solo se cuestionan: se sienten todos los días en el cuerpo, en el tiempo perdido y en la forma en que una ciudad entera aprende a resignarse. El Metro de la Ciudad de México no es solo un medio de transporte: es una prueba diaria de resistencia urbana.
Y los datos no dejan mucho margen para la interpretación. Según el IMCO, con base en la ENCIG 2025 del INEGI, el Metro capitalino aparece como el sistema ferroviario urbano con menor satisfacción ciudadana entre las principales redes del país. Apenas un 28% de usuarios considera aceptable la puntualidad, un 54% valora positivamente la frecuencia de trenes y solo un 40% percibe condiciones mínimamente cómodas de viaje.
Pero las cifras, por sí solas, se quedan cortas: “Hay días en los que ya desde la estación sabes que vas a llegar tarde. El tren no pasa, cuando pasa viene lleno, y cuando logras subir vas completamente apretada. A veces ni puedes agarrarte. Y aun así tienes que seguir así todos los días”, relata una usuaria habitual en hora pico.
La escena se repite: andenes saturados, trenes que no absorben la demanda, viajes en condiciones de incomodidad extrema. Y en ese entorno, la experiencia no es solo de retraso: es de desgaste: “Los vagones muchas veces van sucios, con olor desagradable o deteriorados. Y hay momentos en los que, con tanta gente, te sientes expuesta. No es solo incómodo, es agotador psicológicamente”, añade otra usuaria.
En ese contexto aparecen también otras capas del problema: suciedad visible en estaciones y trenes, actos de vandalismo que deterioran la infraestructura y la sensación de vigilancia insuficiente en determinados trayectos. Y en medio de la saturación extrema, especialmente en horas pico, se multiplica la vulnerabilidad de los pasajeros, incluidas las denuncias recurrentes de acoso en espacios donde el hacinamiento elimina cualquier distancia personal. No son hechos aislados. Son patrones sostenidos.
Y entonces la pregunta deja de ser técnica. ¿Qué criterio define a quien dirige un sistema con este nivel de presión operativa y social?
Adrián Rubalcava ha desarrollado su carrera en cargos de gobierno local, con una trayectoria política centrada en la administración pública y alcaldías. Su recorrido ha atravesado distintas fuerzas políticas: del PAN al PRD, posteriormente al PRI, y finalmente su acercamiento al bloque gobernante actual. Es decir, de tin marín, de do pingüé.
Y aquí la pregunta se vuelve inevitable: ¿Qué significa colocar al frente de un sistema de esta complejidad a un perfil cuya carrera ha sido fundamentalmente política y no técnica?
Porque los problemas del Metro no son abstractos. Son concretos: retrasos, saturación, falta de frecuencia, deterioro del material rodante, percepción de inseguridad, limpieza irregular y una experiencia de usuario cada vez más tensionada.
¿Se puede gestionar un sistema así desde la lógica política, o se requiere una especialización técnica que hoy parece secundaria? El único elemento que mantiene una valoración positiva constante es la tarifa: baja, accesible, casi simbólica. Pero incluso ese dato abre otra lectura incómoda: el bajo costo no compensa el deterioro del servicio, ni siquiera lo hace más tolerable.
Y en ese punto, la discusión deja de ser sobre eficiencia. Se convierte en una cuestión de modelo.¿Por qué uno de los sistemas de transporte más complejos de América Latina sigue dependiendo de decisiones políticas más que de perfiles especializados en movilidad y operación ferroviaria?
Y la conclusión no necesita adornos. Porque cuando un sistema falla en puntualidad, limpieza, seguridad, frecuencia y confort, pero su dirección se sostiene desde la lógica política y no desde la exigencia técnica, la pregunta deja de ser quién lo dirige.
La pregunta ya no es quién está al mando. La pregunta es cómo puede llamarse “dirección” a algo que cada día se parece más a simple inercia.
Covadonga De Viedma
Covadonga De Viedma es licenciada en Ciencias de la Comunicación y ha construido una trayectoria amplia entre el periodismo, la edición y la comunicación pública. Su trabajo se ha desarrollado en México, España y Dinamarca, con experiencia en medios, gobierno, cultura y educación. Ha realizado programas de radio, colaboraciones en televisión y proyectos editoriales vinculados al análisis de la actualidad. En Centralia Noticias escribe sobre política y pensamiento contemporáneo, con una mirada crítica, irónica y aguda sobre la realidad. Su estilo combina observación, contexto y humor inteligente para leer los temas del presente más allá de la coyuntura inmediata.







