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agosto 2, 2026
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Venezuela: cuando la esperanza se niega a morir

Mientras Hernán Gil aceptaba la posibilidad de la muerte bajo cientos de toneladas de hormigón, decenas de rescatistas de todo el mundo se negaban a aceptarla por él.

Nueve días después del terremoto, el país entra en la fase más dura: el duelo, la recuperación de cuerpos y una reconstrucción que durará años.

Trago saliva. Ya no hay, no queda saliva, solo polvo. El polvo se ha convertido en una pasta espesa que se pega a mi garganta y convierte cada respiración en un arañazo. Intento mover el cuello, pero no responde. Quiero levantar un brazo, pero no sé siquiera si todavía está ahí.

Tengo los ojos abiertos, creo. En realidad, no lo sé, podrían estar cerrados y el resultado sería exactamente el mismo. Todo es negro, un negro absoluto, espeso, interminable. Un negro que pesa tanto como el hormigón que me aprisiona.

Hace días sentía algo caliente deslizándose por la frente. Supuse que era sangre. Hoy ya no noto nada. Tal vez la herida dejó de sangrar, o tal vez simplemente mi cuerpo ha decidido dejar de avisarme de que está muriendo.

El silencio también ha cambiado, al principio escuchaba gritos, golpes, sirenas, después voces lejanas. Ahora solo existe un zumbido que aparece y desaparece, como si mi propio cerebro estuviera apagándose poco a poco.

No sé cuánto tiempo llevo aquí, he intentado contar los días, pero el tiempo no existe cuando nunca amanece, y las horas dejaron de tener sentido hace mucho, también los días.

Solo sé que tengo sed. Una sed imposible de explicar a quien nunca la ha sentido. El aire huele a cemento, a hierro, a humedad, a algo que no quiero identificar porque sospecho que puede ser mi propia sangre, o la de alguien que ya no respira.

Entonces ocurre algo extraño, ya no pienso en Dios, ya no rezo, empiezo a pensar menos en salir y más en recordar. No elijo los recuerdos, son ellos quienes me eligen a mí. Veo el café de una mañana cualquiera sobre la mesa de la cocina. Escucho la risa de mi hijo cuando aprendió a montar en bicicleta. Vuelvo a ver el vestido de mi mujer caminando hacia mí el día de nuestra boda. Siento el abrazo de mi madre. Un cumpleaños. Un verano. Una discusión absurda por la que nunca llegué a pedir perdón. Instantes que parecían insignificantes y que ahora son lo único que realmente importa.

¿Será verdad eso que dicen, que toda la vida pasa por delante de los ojos antes de morir? Aunque aquí no pasa delante de mis ojos, pasa dentro de mí, como si alguien hubiera abierto un viejo baúl lleno de recuerdos y los estuviera vaciando uno a uno. A decir verdad, nunca pensé que el cerebro pudiera ser tan compasivo, quizá me está regalando mis últimos momentos felices antes de apagar la luz.

Recuerdo haber leído hace años que la psiquiatra Elisabeth Kübler-Ross decía que el ser humano no teme únicamente a la muerte; teme, sobre todo, dejar cosas sin vivir, palabras sin decir y abrazos sin dar. También recuerdo otra frase, de Viktor Frankl, que afirmaba que incluso cuando todo nos ha sido arrebatado, todavía conservamos una última libertad: elegir cómo enfrentarnos a nuestro destino. Creo que ahora entiendo a los dos.

Dicen que el ser humano posee un instinto de supervivencia capaz de desafiar cualquier lógica, y que luchará hasta el último aliento por seguir vivo, pero nadie habla del momento en que ese mismo instinto comprende que ya no puede ganar. Debe de ser entonces cuando la supervivencia deja paso al último mecanismo de defensa que le queda al cerebro: la aceptación.

A estas alturas ya no siento miedo, y eso, es precisamente lo que más miedo me da, porque significa que he dejado de esperar. Que mi mente ha aceptado antes que mi cuerpo algo que llevo días negándome a creer. Que voy a morir, y ya no me preocupa morir. Me preocupa el dolor que voy a dejar en los demás.

Y entonces, un golpe seco: alguien golpea el hormigón, después otro golpe, y otro más. Alguien está gritando mi nombre.

No. No puede ser. Yo ya había aceptado la muerte y ellos todavía no. Quizá por eso, mientras aquí abajo yo me despedía del mundo, allá arriba nadie se despedía de mí. Los rescatistas seguían excavando. Los perros seguían marcando. Las familias seguían rezando.

Mientras yo aceptaba la muerte, decenas de equipos internacionales empezaban a aceptar otra realidad: el tiempo se agotaba. Algunos ya emprendían el camino de regreso a sus países, otros, permanecían únicamente allí donde todavía existía una posibilidad, por mínima que fuera, de escuchar un golpe bajo el hormigón.

Hernán Gil volvió a abrir los ojos después de ocho días sepultado bajo los escombros. Ciento noventa horas atrapado entre el acero y el cemento, más de un centenar de rescatistas de una decena de países removieron piedra a piedra lo que parecía una tumba para convertirlo, contra toda lógica, en un milagro.

El problema es que un país no puede vivir de un milagro, porque mientras el mundo celebraba el rescate de Hernán, Venezuela comenzaba a comprender que la verdadera tragedia apenas estaba empezando.

La fase de rescate entra en sus últimos compases. Muchos de los equipos internacionales especializados ya han iniciado el regreso a sus países. España, Italia, Suiza y Los Topos de México han dado por concluida su misión, mientras otros contingentes permanecen únicamente en puntos donde todavía existe alguna posibilidad técnica de encontrar vida. Ya no se trabaja con la intensidad de los primeros días. Ahora las máquinas avanzan despacio. Demasiado despacio para quienes aún esperan un milagro, pero lo suficientemente despacio como para no destruir el último hilo de esperanza.

Los expertos saben que cada hora reduce drásticamente las posibilidades de encontrar supervivientes. Sin embargo, nadie se atreve a pronunciar la palabra “imposible”. Después de Hernán, esa palabra perdió parte de su significado.

Hay algo que llama poderosamente la atención cuando uno escucha hablar a los rescatistas venezolanos, mexicanos, colombianos, salvadoreños o cataríes. Entre cámaras térmicas, perros de búsqueda, sensores acústicos y protocolos internacionales, siempre aparece la misma palabra: Dios. No como un eslogan ni como un recurso para las cámaras, como una certeza. «Mientras Dios quiera», «los milagros existen», «seguiremos hasta que Dios nos diga que ya no queda nadie».

Para una sociedad cada vez menos religiosa, puede resultar llamativo. Pero en buena parte de América Latina la fe forma parte de la manera de enfrentarse al dolor, la misma que ha sostenido durante estos días a madres sentadas frente a montañas de escombros, a bomberos que llevan jornadas enteras sin apenas dormir y a rescatistas que siguen excavando cuando la estadística ya les dice que no debería quedar nadie con vida.

La ciencia decía que las posibilidades eran mínimas, la estadística llevaba días siendo despiadada, pero había algo que no aparecía en ninguno de los manuales de rescate: la fe de quienes se negaban a marcharse. Quizá por eso, mientras las probabilidades se agotaban, las manos seguían cavando, porque en América Latina los milagros no se calculan, se esperan. Probablemente esa es la diferencia entre un cálculo y una esperanza.

Mientras tanto, la realidad se impone. El balance oficial habla de cerca de tres mil fallecidos y más de dieciséis mil heridos. Las cifras independientes son mucho más difíciles de determinar. Organizaciones humanitarias, voluntarios y familiares creen que el número real de víctimas será superior cuando concluyan las labores de recuperación e identificación, aunque todavía no existe una cifra verificada que pueda confirmarlo. El problema ahora ya no es únicamente encontrar personas, es recuperar cuerpos.

Con temperaturas elevadas y una humedad sofocante, la descomposición avanza con rapidez. Los equipos forenses trabajan contra el reloj para identificar cadáveres antes de que el paso de los días complique todavía más el proceso. Muchas familias siguen esperando una llamada que quizá nunca llegue.

Miles de personas tampoco tienen un lugar al que regresar, edificios enteros han desaparecido, escuelas funcionan como refugios improvisados, pabellones deportivos albergan a familias completas que han perdido absolutamente todo. La ayuda humanitaria continúa llegando, pero la necesidad crece más deprisa que los recursos disponibles.

Y entonces llegó la rueda de prensa. Ante periodistas de distintos países, la vicepresidenta Delcy Rodríguez defendió la actuación del Gobierno, aseguró que la respuesta había sido inmediata y rechazó las críticas sobre la gestión de la emergencia. Sin embargo, muchas de las preguntas sobre la tardanza en algunas zonas, la escasez inicial de maquinaria pesada, la coordinación de los rescates, la gestión de los desaparecidos o la recuperación de los cuerpos quedaron sin respuestas concretas.

Mientras el Gobierno hablaba de control, fuera de aquella sala cientos de familias seguían preguntándose exactamente lo mismo que el primer día: «¿Está mi hijo ahí debajo?» y esa es la pregunta que nadie puede responder, porque Venezuela ha dejado atrás la fase de la supervivencia para entrar en otra todavía más difícil, la del duelo.

Aceptar la muerte es probablemente uno de los ejercicios más complejos para cualquier ser humano, y aceptar miles de muertes al mismo tiempo es algo para lo que ningún país está preparado. Los rescates terminarán, las cámaras se marcharán, los titulares dejarán de abrir los informativos, pero quedarán los edificios vacíos, los nombres escritos sobre fotografías, las familias sin hogar, los niños que crecerán sin sus padres y una reconstrucción que no se medirá en semanas ni en meses, sino en años.

Durante estos días, Venezuela ha vivido suspendida entre la ingeniería y la fe. Los expertos calculaban espacios de supervivencia, los médicos hablaban de deshidratación extrema, los perros marcaban posibles vidas bajo el hormigón, y, al final de casi todas las entrevistas, alguien pronunciaba las mismas tres palabras: «Si Dios quiere.»

Hernán apareció, pero muchos otros no, así que inevitablemente, ahora comienza la etapa más larga y silenciosa de esta tragedia, la que ya no se contará por rescates milagrosos, sino por hogares reconstruidos, cuerpos identificados, vidas rotas y una sociedad obligada a aprender la lección más difícil de todas: que sobrevivir a un terremoto no significa haber dejado atrás la tragedia.

Mientras escribo estas líneas, probablemente todavía haya alguien bajo el hormigón intentando tragar una saliva que hace días dejó de existir, quizá ya haya aceptado la muerte, y quizá, en la superficie, alguien siga negándose a aceptarla por él. Así ha sobrevivido Venezuela durante estos días: entre quienes, bajo los escombros, dejaron de esperar y quienes, sobre ellos, jamás dejaron de buscar.

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