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agosto 2, 2026
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El laberinto de María Corina

Trump la elogia, niega haber frenado su regreso y Washington multiplica las versiones sobre un episodio que sigue dejando más preguntas que respuestas.

Por momentos y más últimamente, la política internacional deja de parecer diplomacia para convertirse en un patio de vecindad. Uno escucha las versiones, intenta ordenarlas y termina con la sensación de estar asistiendo a una discusión de escalera: «Yo no fui», «yo nunca dije eso», «fue un malentendido», «pregúntale al vecino».

Eso es exactamente lo que ocurre con María Corina Machado.

Hace apenas unos meses, Donald Trump la llenaba de elogios, celebraba su reconocimiento internacional y la presentaba como un símbolo de la lucha por la democracia en Venezuela. Ahora, cuando distintos medios estadounidenses publican que desde su propia administración se desaconsejó o dificultó su regreso al país, Trump responde con un desconcertante: «Yo nunca le dije que no volviera».

Mientras tanto, aparecen informaciones sobre llamadas telefónicas, vuelos cancelados, escalas en Curazao, presiones a aerolíneas, desmentidos del Departamento de Estado y versiones que se contradicen entre sí. El ciudadano corriente contempla el espectáculo intentando encontrar una lógica que quizá exista, pero desde luego no está a la vista.

Confieso que, cuando la escucho, a veces dejo de atender lo que dice para preguntarme qué estará mirando. Hay momentos en los que María Corina Machado desvía la vista hacia un punto que queda fuera del plano, como si allí estuviera la respuesta que nadie termina de darle. Probablemente sea solo una manía, un gesto involuntario. Pero esa imagen resume bastante bien el lugar que ocupa hoy en esta historia: una dirigente de la que todos hablan, a la que todos dicen apoyar y cuyo futuro, sin embargo, parece decidirse siempre en habitaciones donde ella no está.

Porque, al final, uno ya no sabe si María Corina Machado no ha regresado porque alguien se lo impidió, porque nadie quiso asumir el riesgo o porque todos intentan ahora convencer al mundo de que la decisión fue de otro.

Cuando la política internacional empieza a parecer un patio de vecindad, el ciudadano deja de preguntarse quién tiene razón y empieza a preguntarse algo mucho más inquietante: quién dice realmente la verdad.

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