Perú y Colombia giran a la derecha; México presume la izquierda funcional: ¿cuánto puede durar?
América Latina volvió a moverse. Y no lo hizo desde la esperanza, sino desde el hartazgo.
Perú y Colombia acaban de confirmar una tendencia que ya venía creciendo en la región: el voto de castigo contra la izquierda, el regreso de una derecha más dura y la búsqueda desesperada de orden en sociedades cansadas de la inseguridad, la inflación, la polarización y la promesa incumplida. No es exactamente una ola ideológica. Es una ola de cansancio.
En Colombia, Abelardo de la Espriella ganó una elección cerrada frente al izquierdista Iván Cepeda y consolidó un giro hacia la derecha después del gobierno de Gustavo Petro. Su triunfo fue leído por Reuters como parte de un desplazamiento regional hacia opciones conservadoras y de mano dura, en un contexto marcado por el malestar económico, la inseguridad y la fragmentación política.
En Perú, Keiko Fujimori volvió a colocar al fujimorismo en el centro del poder, después de una elección marcada por la tensión, el voto fragmentado y el desgaste institucional. Su victoria confirmó que el apellido Fujimori sigue siendo una fuerza política capaz de sobrevivir a casi cualquier crisis, pero también reabrió una pregunta vieja: ¿cuántas veces puede una misma familia presentarse como futuro sin parecer pasado?
El mapa regional parece claro: la derecha avanza. pero, ¿cómo avanza?.
En Colombia, la imagen es casi perfecta para explicar el momento: una derecha que promete calle, orden y autoridad, pero que se mueve entre discursos de mano dura, coches blindados (simulando al papamóvil) y una política cada vez más conectada con el miedo. No es un dato menor. Resume una contradicción regional: líderes que dicen hablar en nombre del ciudadano común, pero hacen política desde una burbuja de seguridad, privilegio y distancia.
La derecha latinoamericana encontró una fórmula poderosa: prometer control frente al caos. Hablar de seguridad cuando la gente tiene miedo. Hablar de castigo cuando la gente está cansada. Hablar de patria cuando la política perdió credibilidad. Pero debajo de esa narrativa aparece una pregunta incómoda: ¿quieren gobernar para ordenar el país o para protegerse de él?
En Perú, el caso de Keiko Fujimori tiene otra carga simbólica. No es solo una candidata de derecha. Es la persistencia de una familia que parece no resignarse a dejar el poder fuera de su apellido. Elección tras elección, crisis tras crisis, el fujimorismo vuelve como si el país le perteneciera por herencia política.
Ahí está una de las rarezas más profundas de la derecha latinoamericana: su obsesión por presentarse como renovación mientras recicla apellidos, élites, pactos y fantasmas del pasado.
Por eso el avance de la derecha en la región no necesariamente significa una nueva etapa de modernidad política. En muchos casos, parece más bien el regreso de una vieja promesa envuelta en lenguaje nuevo: orden sin necesariamente justicia, autoridad sin necesariamente eficacia, estabilidad sin necesariamente inclusión.
Que es dónde México se vuelve el contraste más incómodo.
Porque mientras Perú y Colombia giran a la derecha, México sigue siendo la gran excepción política de América Latina: una izquierda que no solo ganó, sino que gobierna; que no solo resiste, sino que conserva mayoría; que no solo administra el poder, sino que mantiene una narrativa nacional reconocible.
Claudia Sheinbaum no gobierna desde la marginalidad ni desde la resistencia. Gobierna desde una maquinaria política consolidada. Morena tiene territorio, mayoría legislativa, estructura, agenda y una base social que no depende únicamente del carisma presidencial. Esa es la diferencia central entre México y otros experimentos progresistas latinoamericanos: aquí la izquierda no llegó como accidente electoral, llegó como régimen político en construcción.
La izquierda mexicana, con todos sus conflictos, contradicciones y costos, ha logrado algo que muchas izquierdas de la región no pudieron: convertir el discurso social en estructura de gobierno. Los programas sociales, la narrativa de soberanía, la confrontación con las élites tradicionales y la promesa de continuidad han creado un piso político que todavía sostiene al oficialismo incluso en medio de crisis de seguridad, presión diplomática y desgaste natural del poder.
Eso no significa que México viva una historia perfecta.
Sheinbaum gobierna un país atravesado por problemas enormes: violencia, crimen organizado, tensión con Estados Unidos, retos económicos, polarización interna y una oposición que, aunque debilitada, sigue intentando convertir cada crisis en prueba de fracaso. Pero el punto central es otro: el desgaste todavía no se ha convertido en ruptura política.
De hecho, Sheinbaum conserva niveles de aprobación altos para cualquier gobierno latinoamericano. Americas Society / Council of the Americas ha seguido sus mediciones de popularidad y distintos estudios la mantienen como una de las figuras de izquierda con mayor respaldo en la región. The Guardian incluso la presentó recientemente como una de las líderes de izquierda más populares del mundo, aunque también subrayó los desafíos que enfrenta en violencia, desapariciones y relación con Donald Trump.
Esa es la paradoja: México tiene problemas graves, pero su izquierda conserva funcionalidad. Colombia y Perú, en cambio, muestran el otro lado del tablero: izquierdas que no lograron traducir esperanza en estabilidad, cambio en resultados o narrativa en gobernabilidad.
La derecha latinoamericana está creciendo, sí, pero no necesariamente porque haya convencido a todos. En muchos casos avanza porque la inseguridad, el enojo y la frustración dejaron a los votantes buscando castigo antes que proyecto. Ganar con enojo es más fácil que gobernar con resultados.
Prometer mano dura es más simple que reconstruir instituciones. Usar el hartazgo como combustible electoral puede llevar a la presidencia, pero no garantiza seguridad, crecimiento ni estabilidad. América Latina ya conoce esa película: líderes que llegan como salvadores, concentran expectativas, chocan con congresos divididos, enfrentan economías frágiles y terminan convertidos en otra decepción. Por eso México importa tanto en este momento regional.
Mientras Perú y Colombia muestran el avance de la derecha como respuesta al desorden, México intenta vender otra historia: que la izquierda puede ser continuidad, Estado, estabilidad y poder territorial. No una izquierda testimonial. No una izquierda universitaria. No una izquierda que protesta desde afuera. Una izquierda de gobierno, con presupuesto, aparato, disciplina electoral y una presidenta que, incluso bajo presión, conserva un nivel de respaldo difícil de encontrar en la región.
¿México puede sostener esa diferencia?
Porque la derecha regional va a intentar convertir cada crisis mexicana en prueba de fracaso. Seguridad, corrupción, relación con Estados Unidos, economía, inversión, energía y crimen organizado serán los frentes naturales de ataque. El argumento será simple: “la izquierda no funciona”.
Si Sheinbaum logra mantener estabilidad, crecimiento y control político, México será el contraejemplo. Si falla, la derecha latinoamericana tendrá su pieza más poderosa de propaganda.
La elección en Colombia y el regreso del fujimorismo en Perú no son hechos aislados. Forman parte de una recomposición continental. Argentina, Ecuador, Panamá, Chile, Perú y Colombia han mostrado, cada uno a su manera, que la región se mueve hacia opciones más conservadoras o abiertamente derechistas.
Pero México es la segunda economía de América Latina. Tiene frontera con Estados Unidos. Tiene peso diplomático, mercado interno, industria, influencia cultural y una presidenta que entiende que gobernar también es disputar el relato. En una región donde muchos gobiernos parecen sobrevivir al día, México todavía proyecta una idea de proyecto, México sigue siendo la izquierda funcional de América Latina. La que gobierna con mayoría. La que mantiene respaldo popular. La que convirtió el movimiento en maquinaria. La que todavía puede decir que el progresismo no está condenado a perder cuando se enfrenta al miedo.
Perú y Colombia anuncian un nuevo clima regional. México, por ahora, resiste como la excepción.
Pero la excepción también tiene fecha de caducidad.
Luis Paulino Hernández
Es consultor en comunicación política, analista de estrategia pública y especialista en narrativa digital. Con experiencia en campañas, medios y construcción de posicionamiento político, desarrolla estrategias de comunicación contemporánea enfocadas en opinión pública, poder, percepción y conversación digital. Aporta una visión creativa y estratégica sobre política, medios y transformación social.







