Argentina, el país más racista del mundo
Finalmente encontramos la forma definitiva de medir el racismo de un país. No hace falta leer su Constitución, estudiar su historia ni mirar sus instituciones. Basta con una foto de la Selección Argentina. Once jugadores. Noventa minutos. Diagnóstico listo: Argentina es estructuralmente racista. La evidencia ya no está en los archivos; ahora juega con la 10.
Lo extraordinario es el doble estándar. Estados Unidos necesitó una guerra civil y luego décadas para desmontar leyes que separaban blancos y negros en escuelas, universidades, hospitales, transporte y urnas. Europa construyó imperios coloniales clasificando seres humanos por razas y llegó a exhibir africanos en zoológicos humanos. Hoy, mientras el Mediterráneo sigue tragándose embarcaciones repletas de migrantes que buscan llegar a sus costas, el gran debate moral parece ser la pigmentación de la defensa argentina. Hay tragedias que exigen reflexión; otras, al parecer, alcanzan para un video de treinta segundos en TikTok.
Tal vez la incomodidad no pase únicamente por el color de piel de un equipo. Tal vez moleste otra cosa: que Argentina no pida permiso para ocupar el centro de la escena, que no acepte con docilidad el papel de país periférico, que discuta, desafíe y defienda con intensidad aquello en lo que cree. Esa actitud puede resultar antipática, incluso arrogante para algunos. Pero confundir ese rasgo —real o percibido— con una prueba de racismo estructural es un salto lógico que no resiste el menor análisis.
Curioso método. Porque si un equipo de fútbol explica el ADN moral de una nación, entonces la historia deja de importar. ¿Para qué recordar que la Asamblea del Año XIII sancionó la libertad de vientres en 1813, cuando la Argentina todavía ni siquiera era un Estado organizado? ¿Para qué decir que esa decisión fue anterior a la abolición de la esclavitud en Estados Unidos? ¿O que la Constitución de 1853 reconoció a los extranjeros los mismos derechos civiles que a los argentinos e invitó a “todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino”? Ese proyecto de país se expresó durante generaciones en una apuesta por la integración: escuelas públicas, hospitales públicos y universidades donde millones de hijos de inmigrantes construyeron una identidad común. Todo eso parece insignificante frente a la verdadera ciencia: contar tonalidades de piel en una formación titular.
Que quede claro: Argentina tiene racistas. Como Francia. Como Brasil. Como España. Como Estados Unidos. Como prácticamente cualquier sociedad del planeta. Lo intelectualmente deshonesto es otra cosa: convertir a un país entero en acusado permanente por la conducta de algunos de sus habitantes. El racismo estructural se demuestra en las leyes, en las instituciones y en las prácticas sociales; no en un equipo de once jugadores.
Siguiendo esa lógica, Argentina debe haber inventado el sistema racista más incompetente de la historia. Primero proclamó la libertad de vientres. Después abrió sus puertas a millones de inmigrantes. Les reconoció derechos, los sentó en las mismas escuelas públicas, los atendió en los mismos hospitales públicos y los mezcló en las mismas universidades. Italianos, españoles, sirios, libaneses, judíos, armenios, paraguayos, bolivianos, peruanos, chilenos, japoneses, coreanos y tantos otros terminaron construyendo una misma identidad nacional. Un supremacismo tan desastroso que confundió integración con política de Estado.
Y aparece otra rareza. Cuando un francés comete un acto racista, el responsable es ese francés. Cuando un estadounidense discrimina, el responsable es ese estadounidense. Cuando un argentino hace lo mismo, los culpables pasan a ser Borges, Favaloro, Messi, Maradona, San Martín y cuarenta y seis millones de personas. Es una curiosa forma de combatir los prejuicios: reemplazar la responsabilidad individual por la culpa colectiva.
El fútbol despierta pasiones, miserias y también oportunismos. Una selección no es un censo, un informe demográfico ni un estudio antropológico. Es un equipo de fútbol. Pretender que once jugadores expliquen la complejidad histórica de una nación es tan absurdo como evaluar la calidad democrática de un país por los insultos que se escuchan en una tribuna.
Y así funciona la ciencia contemporánea: Argentina hace un gol, TikTok diagnostica racismo estructural. Argentina queda eliminada, el fenómeno desaparece. Evidentemente, el racismo argentino tiene algo que ningún otro tiene: depende del resultado.
Owen Mac Donald








