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agosto 3, 2026
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La tragedia que volvió por la misma vía

El Tren Interoceánico vuelve a descarrilar apenas quinientos metros del lugar donde hace siete meses murieron catorce personas. Cuando un accidente se repite en el mismo tramo, la pregunta deja de ser qué ocurrió y pasa a ser qué no se corrigió.

La primera vez fue una tragedia, la segunda vez convirtió aquella tragedia en una pregunta, porque cuando un tren vuelve a descarrilar apenas quinientos metros después del lugar donde otro dejó catorce muertos, ya no basta con explicar lo que pasó, también hay que explicar qué cambió para que pudiera volver a ocurrir.

El Tren Interoceánico volvió a salirse de las vías en la Línea Z, entre Nizanda y Chivela, en Oaxaca. El nuevo descarrilamiento se produjo en el punto kilométrico 230+800, apenas unos quinientos metros del lugar donde, el 28 de diciembre de 2025, un convoy de pasajeros dejó catorce muertos y más de un centenar de heridos. Ambos trenes circulaban por el mismo corredor ferroviario que une Salina Cruz, Oaxaca, con Coatzacoalcos, Veracruz.

Es cierto que no se trata del mismo accidente. El primero transportaba pasajeros y terminó en tragedia, el segundo afectó a vagones de carga vacíos y, afortunadamente, no dejó personas lesionadas, pero las diferencias terminan prácticamente ahí, lo que permanece es el mismo tramo ferroviario y una pregunta que vuelve a aparecer sobre los raíles. Quinientos metros son una distancia ridícula para un tren. Se recorren en apenas unos segundos. Para la memoria de un país, en cambio, deberían resultar insalvables.

Durante meses, la Fiscalía General de la República investigó el accidente de diciembre. Su conclusión fue clara: el convoy tomó aquella curva a una velocidad superior a la permitida, entonces, la investigación cerró un expediente, pero obviamente, no parece haber cerrado el problema.

Cuando una investigación oficial identifica la causa de una tragedia, el ciudadano da por hecho que esa conclusión servirá para algo, que se revisarán los protocolos, que se reforzarán los controles, que se modificarán los procedimientos y que ese tramo de vía quedará marcado con la misma atención con la que un médico vigila el órgano donde apareció una enfermedad. Y eso es, precisamente, lo que distingue una investigación de un simple informe.

El Tren Interoceánico no es una línea ferroviaria cualquiera, es uno de los proyectos más emblemáticos impulsados por la Cuarta Transformación, concebido para conectar el Golfo de México con el Pacífico y convertir el Istmo de Tehuantepec en un corredor logístico capaz de competir con otras rutas comerciales internacionales. Se presentó como una obra llamada a transformar la economía del sur del país y a convertirse en uno de los grandes legados de este proyecto político. Precisamente por eso, cada incidente deja de ser únicamente ferroviario, también se convierte en un examen para las instituciones que lo administran.

Resulta absurdo reducir toda la responsabilidad al maquinista o al exceso de velocidad. Las responsabilidades individuales existen y deben determinarse, pero las responsabilidades institucionales empiezan justamente después, porque las instituciones no están únicamente para explicar las tragedias y dar ruedas de prensa después de los accidentes, están para impedir que vuelvan a repetirse.

Hay una vieja costumbre de colocar una cruz junto al lugar donde alguien perdió la vida, con el paso de los años, el paisaje termina incorporándola y solo quienes conocen la historia reducen ligeramente la velocidad al pasar por allí.

La segunda investigación acaba de comenzar, quizá determine causas distintas, quizá confirme algunas de las anteriores, pero hay un dato que ya no cambiará: entre un descarrilamiento y otro apenas median quinientos metros de vía y siete meses de tiempo.

A veces medio kilómetro basta para separar una tragedia de otra. Lo difícil de explicar es cómo, después de catorce muertos, quinientos metros siguieron siendo demasiado pocos para cambiar la historia.

Información elaborada a partir de fuentes oficiales y diversos medios de comunicación.

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