Cuando el enemigo lleva la misma camiseta
Marina del Pilar acusa a Jaime Bonilla de una operación política que vuelve a exhibir la guerra interna dentro de Morena
Hay frases que dejan de pertenecer a quien las pronuncia. “Fui víctima de un engaño” es una de ellas. Cuando la dice una gobernadora, deja de ser una explicación privada para convertirse en una pregunta pública.
La gobernadora de Baja California, Marina del Pilar Ávila, aseguró esta semana haber sido víctima de “una operación de engaño y de venganza política”. Según su versión, el exgobernador Jaime Bonilla habría organizado una trampa para perjudicarla políticamente mediante supuestos intermediarios que prometían ayudarla a resolver el problema de la cancelación de su visa estadounidense.
Bonilla lo niega. Ella insiste. Los audios circulan. Las explicaciones también.Y el ciudadano observa todo desde fuera con una sensación cada vez más familiar: la de no saber exactamente quién dice la verdad. Y es que, en realidad, esta historia ya no trata solo de una gobernadora, de unos audios o de una disputa política en Baja California, habla de algo mucho más delicado, habla de la confianza.
Para Marina del Pilar, gobernar Baja California debe de parecerse bastante a vivir en el rellano de una casa con dos puertas: si abre una, entra en México, si abre la otra, aparece Estados Unidos. El problema comenzó el día en que descubrió que alguien había cambiado la cerradura de una de ellas y que, por primera vez, ella ya no tenía la llave. Y es que, en un estado donde la frontera forma parte de la vida cotidiana, perder la posibilidad de cruzarla deja de ser un problema personal para convertirse en un poderoso símbolo político.
La historia tiene un sentido del humor extraordinario. Marina del Pilar firma cada documento oficial con un nombre que parece un pequeño homenaje involuntario a España. “Marina”, el nombre con el que fue bautizada Malintzin tras la Conquista. “Del Pilar”, un nombre que cruzó el Atlántico hace quinientos años y nunca hizo el viaje de regreso. Resulta curioso que, mientras una parte del discurso político de Morena sigue ajustando cuentas con el pasado colonial, la historia siga estampando su firma al pie de cada decreto. Hay herencias que no necesitan defenderse, les basta con seguir llamándose igual.
Si Marina del Pilar tiene razón y realmente fue víctima de una operación cuidadosamente preparada para desacreditarla, el escenario resulta inquietante. Significaría que alguien fue capaz de construir una emboscada política utilizando falsas promesas, conversaciones privadas y filtraciones estratégicas, pero si no fuera así, el problema sería igualmente grave, porque entonces, alguien estaría utilizando una explicación extraordinaria para justificar una situación muy difícil de explicar.
En cualquiera de los dos escenarios hay un perdedor evidente: la credibilidad. Y es que las guerras dentro de los partidos son distintas de las guerras electorales. No dejan edificios destruidos, si no que dejan algo mucho más complicado de reconstruir: la confianza.
Hace apenas unos años, Morena concentraba buena parte de su energía política en confrontar al PRI, al PAN o al PRD. Hoy, en algunos estados, da la impresión de que sus batallas más duras ya no se libran contra la oposición, sino entre quienes comparten la misma camiseta. Ese es el verdadero síntoma, cuando los principales adversarios dejan de estar enfrente y empiezan a sentarse en la misma mesa, la política deja de parecer una competencia democrática para convertirse en una sucesión de sospechas, todos desconfían de todos, todos sospechan de todos, todos parecen grabar a todos.
Resulta llamativo que una fuerza política que nació prometiendo una transformación profunda del país termine viéndose atrapada en conflictos internos que recuerdan demasiado a las viejas prácticas que decía combatir. Las siglas cambian, los protagonistas también, pero la lógica del poder parece resistirse a cualquier transformación.
Quién sabe, si el caso de Marina del Pilar no termine resolviéndose únicamente en los tribunales o en los despachos, sino que termine resolviéndose donde siempre acaban estas historias: en la percepción de los ciudadanos. Y es que la confianza funciona como un cristal, puede romperse en unos segundos, pero reconstruirla lleva años.
La verdad, es que la política mexicana no se parece ya a una reunión de partido, se parece a una telenovela mexicana donde nadie entra en una habitación por casualidad, donde todas las sonrisas esconden una sospecha y donde los verdaderos protagonistas no son los héroes ni los villanos, sino esas miradas largas, cargadas de intriga, con las que el espectador entiende que alguien acaba de traicionar a alguien. Solo hay una diferencia: las telenovelas duran doscientos capítulos. La política mexicana parece haber decidido no terminar nunca.
Además, en las telenovelas, tarde o temprano alguien descubre al villano, y en la política mexicana, lo difícil empieza cuando descubres que el villano cambia de capítulo en capítulo.
Información elaborada a partir de fuentes oficiales y diversos medios de comunicación.
Covadonga De Viedma
Covadonga De Viedma es licenciada en Ciencias de la Comunicación y ha construido una trayectoria amplia entre el periodismo, la edición y la comunicación pública. Su trabajo se ha desarrollado en México, España y Dinamarca, con experiencia en medios, gobierno, cultura y educación. Ha realizado programas de radio, colaboraciones en televisión y proyectos editoriales vinculados al análisis de la actualidad. En Centralia Noticias escribe sobre política y pensamiento contemporáneo, con una mirada crítica, irónica y aguda sobre la realidad. Su estilo combina observación, contexto y humor inteligente para leer los temas del presente más allá de la coyuntura inmediata.







