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septiembre 17, 2026
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Centralia NewsBlogNotas InformativasEstados UnidosEl hombre que no necesita nada y el hombre que llega aunque no lo llamen

El hombre que no necesita nada y el hombre que llega aunque no lo llamen

Donald Trump insiste en que Estados Unidos no necesita a México mientras Marcelo Ebrard viaja de nuevo a Washington para revisar el T-MEC

Donald Trump ha vuelto a decir que Estados Unidos no necesita nada de México. Ni de Canadá. Nada. Es una afirmación difícil de sostener en la práctica porque se produce justo cuando su Gobierno ha decidido ampliar de uno a cuatro días las conversaciones para revisar el T-MEC. Resulta difícil dedicar tanto tiempo a algo que no se necesita.

Mientras Trump declaraba desde Washington que quizá no renovará el acuerdo comercial porque Estados Unidos sale perdiendo, Marcelo Ebrard anunciaba que viajará a la capital estadounidense dispuesto a quedarse toda la semana si hace falta. Uno amenaza con levantarse de la mesa. El otro pide una silla más cómoda.

La escena tiene algo de matrimonio antiguo. Uno de los cónyuges anuncia cada cierto tiempo que está dispuesto a marcharse para siempre. El otro responde revisando las cuentas de la casa y proponiendo una reunión para el martes.

Trump y Ebrard representan dos formas opuestas de entender la política. Trump convierte cada negociación en un espectáculo donde la incertidumbre forma parte del producto. Necesita que la puerta permanezca entreabierta para que todos imaginen que puede cerrarla de golpe. Su filosofía política podría resumirse en una frase sencilla: “No necesitamos nada de México”. No importa tanto si es cierta como si resulta útil. La frase cumple una función. Recuerda quién tiene la llave y quién, al menos en teoría, podría abandonar la habitación.

Ebrard, por el contrario, pertenece a esa especie cada vez más rara de políticos que parecen confiar en los documentos, las reuniones y los acuerdos escritos. Mientras Trump habla como si estuviera negociando la compra de un casino, Ebrard negocia como quien intenta que no se caiga un puente. Su carácter también podría resumirse en una frase mucho menos espectacular: “Perfecto. ¿A qué hora es la reunión?”. Quizá no inspire mítines multitudinarios, pero explica bastante bien por qué sigue apareciendo en las negociaciones importantes.

Para México, lo que está en juego no es un simple tratado comercial. Es buena parte del motor que mueve su economía. Millones de empleos dependen, directa o indirectamente, de que los automóviles, los electrodomésticos, los alimentos, los componentes industriales y buena parte de las exportaciones mexicanas sigan cruzando la frontera con relativa normalidad. El objetivo de Ebrard no es ganar una batalla épica ni conseguir una fotografía histórica. Es algo mucho menos heroico y mucho más importante: evitar que las reglas cambien lo suficiente como para encarecer lo que México vende y complicar lo que México produce.

Quizá por eso el secretario de Economía transmite a veces la impresión de esos administradores de edificios que nadie recuerda hasta que el ascensor deja de funcionar. Mientras otros hablan de soberanía, de amenazas geopolíticas o de grandes visiones nacionales, él aparece con tablas, cifras y reuniones. No inspira epopeyas, pero tampoco suele provocar accidentes.

Estados Unidos comercia con México por cientos de miles de millones de dólares al año. Las fábricas de ambos países llevan tanto tiempo trabajando juntas que, en algunos sectores, resulta difícil saber dónde termina una economía y empieza la otra. Sin embargo, periódicamente alguien anuncia que todo podría acabarse. Es una costumbre curiosa.

Quizá esa sea la verdadera función de estas negociaciones. No tanto decidir el futuro del tratado como recordar que existe.

Porque el T-MEC se parece cada vez menos a un acuerdo comercial y cada vez más a una relación sentimental larga. Ninguna de las partes parece completamente satisfecha. Todas amenazan alguna vez con marcharse. Pero al día siguiente vuelven a verse porque descubren que separarse resulta bastante más complicado que seguir discutiendo.

Por eso la imagen más interesante de la próxima semana no será una firma ni una conferencia de prensa. Será Marcelo Ebrard entrando a una sala de reuniones en Washington mientras Donald Trump explica ante las cámaras que no necesita nada de México.

Y quizá ambos tengan razón. Trump porque necesita convencer al mundo de que puede levantarse de la mesa cuando quiera. Ebrard porque sospecha que, al final, nadie se levantará. Lo curioso es que ambos llevan años ganando influencia política gracias a esa misma diferencia de carácter.

Al fin y al cabo, uno lleva años diciendo: “No necesitamos nada de México”.

Y el otro lleva años respondiendo, de una forma u otra: “Perfecto. ¿A qué hora es la reunión?”.

Fotografía en portada: Cuartoscuro

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