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agosto 2, 2026
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La distancia entre Palacio Nacional y “La Chingada”

López Obrador reaparece para defender a Morena y recordar que algunas jubilaciones duran menos que una carta

Cuando Andrés Manuel López Obrador anunció que se retiraría a La Chingada, muchos pensaron que hablaba en sentido figurado. Resultó que era el nombre de su rancho. Lo que nadie imaginaba era que, incluso desde allí, seguiría llegando correspondencia política.

Esta semana el expresidente reapareció para alertar sobre las amenazas de Donald Trump, la soberanía nacional y los riesgos que acechan a Morena. La noticia confirma una vieja sospecha: en México uno puede irse a La Chingada, pero la política siempre encuentra la manera de traerlo de vuelta.

El expresidente llevaba meses retirado de la vida pública. Un retiro tan estricto que ha terminado escribiendo una carta sobre la actualidad política nacional, sobre Donald Trump, sobre Morena, sobre la oposición y sobre el futuro del país. En verdad, hay jubilaciones más discretas que la de El Peje.

Según López Obrador, Estados Unidos estaría intentando debilitar a Morena mediante acusaciones contra políticos cercanos a su movimiento. La hipótesis merece atención. Aunque también despierta una curiosidad elemental: si cada investigación incómoda es una conspiración extranjera, ¿en qué momento empieza una investigación y en qué momento termina la soberanía?

La carta contiene además un detalle. López Obrador parece echar de menos al viejo Trump. Al Trump bueno. Al Trump razonable. Al Trump que comprendía a México. Resulta conmovedor comprobar cómo los años transforman los recuerdos. Algunos guardan fotografías de antiguos amores. Otros guardan versiones amables de Donald Trump.

El expresidente se pregunta qué le ocurrió al mandatario estadounidense. Quizá sea la pregunta equivocada. Tal vez habría que preguntarse qué ocurrió con nosotros. Porque durante años se nos explicó que el principal peligro venía del neoliberalismo, de los conservadores, de los medios, de las élites, de España, de los organismos internacionales y, ocasionalmente, de Estados Unidos. Ahora resulta que el problema sigue viniendo de fuera. Lo extraordinario es la capacidad del enemigo para cambiar de nombre sin abandonar nunca su domicilio.

Mientras tanto, los nombres de algunos gobernadores cercanos al sistema empiezan a aparecer en el ruido de fondo de esta historia. Ahí están Rubén Rocha, en Sinaloa; Alfonso Durazo, en Sonora; o Américo Villarreal, en Tamaulipas, todos ellos rechazando las sospechas y señalamientos que llegan desde Estados Unidos. Pero quizá lo más interesante no sea si las acusaciones son ciertas o falsas, sino que su sola existencia haya bastado para resucitar una vieja narrativa nacional: cuando la realidad incomoda, siempre aparece un extranjero dispuesto a cargar con la culpa.

La lista de amenazas exteriores es a la par, curiosa tanto como selectiva. En los últimos años, Morena ha denunciado como actos de injerencia las visitas o declaraciones de figuras como Cayetana Álvarez de Toledo o Isabel Díaz Ayuso, convertidas casi en emisarias de una nueva reconquista ideológica. Lo extraño es que la soberanía mexicana parezca alterarse más por una conferencia en una universidad o por una diputada española dando opiniones, que por los problemas domésticos que esas opiniones señalan. Da la impresión de que el peligro no consiste en que alguien intervenga, sino en que alguien discrepe.

La ventaja de esa teoría es evidente. Si una denuncia procede del extranjero, deja de ser una denuncia y se convierte automáticamente en una agresión a la patria. Es un sistema extraordinariamente eficiente. No responde preguntas, pero permite cambiarlas.

López Obrador prometió retirarse y dejar el timón en manos de Claudia Sheinbaum. Sin embargo, cada vez que arrecian las dificultades, el antiguo capitán reaparece desde La Chingada para corregir el rumbo, interpretar los acontecimientos o señalar a los responsables. Uno empieza a preguntarse si la presidenta gobierna sola o si, como ocurre en algunas escuelas, todavía recibe ocasionalmente las observaciones del maestro. No porque ella las necesite necesariamente, sino porque él parece incapaz de resistirse a darlas.

Y desde La Chingada, mientras el expresidente sale de su retiro para denunciar la injerencia extranjera, uno no puede evitar una duda algo ingenua: si la soberanía mexicana es tan poderosa como cuentan, ¿por qué parece necesitar tantos guardianes? Y si es tan frágil como advierten, ¿qué se ha estado celebrando todos estos años?

Quizá el verdadero misterio no sea qué está haciendo Trump. Quizá el misterio sea otro: cuántos kilómetros hay exactamente entre Palacio Nacional y La Chingada. Porque, a juzgar por los acontecimientos, la distancia política parece ser de apenas una carta.

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