1,343 detenidos y una pregunta incómoda: ¿eso es victoria o apenas el primer tiempo?
El FBI presume más de mil detenciones ligadas a cárteles mexicanos en apenas dos meses. Los números son impresionantes. Lo difícil es saber qué hacer con ellos.
Hay cifras que parecen escritas para ser admiradas. El FBI acaba de anunciar la detención de 1,343 personas vinculadas a cárteles mexicanos desde abril, junto con el decomiso de 2.5 toneladas de narcóticos, 421 armas de fuego y más de 700 mil dólares en efectivo. Son números tan grandes que producen una sensación inmediata de eficacia, como si el orden estuviera recuperando terreno frente al caos.
Sin embargo, la frontera entre México y Estados Unidos tiene una peculiaridad: lleva décadas produciendo cifras impresionantes sin que nadie consiga recordar exactamente cuándo empezó a resolverse el problema.
La operación, realizada junto a más de setenta agencias federales, incluyó casi 48 mil inspecciones y más de cuatrocientas acciones coordinadas. El FBI difundió fotografías de fusiles AK-47, drogas, dinero y vehículos confiscados. Son imágenes conocidas. Cambian las fechas, cambian los nombres de las operaciones y cambian los funcionarios que las presentan, pero las fotografías suelen parecerse bastante entre sí. Quizá porque las guerras modernas producen más estadísticas que victorias.
Naturalmente, detener a más de mil personas no es un hecho menor. Tampoco lo es retirar de circulación armas, drogas o dinero vinculados al crimen organizado. Lo curioso es que, cada vez que aparecen cifras de este tamaño, surge una pregunta inevitable: si había 1,343 hombres esperando ser detenidos, ¿cuántos quedan todavía al otro lado de la estadística?
Y mientras tanto, en algún lugar de México, un aficionado consulta la noticia entre una discusión sobre quién debería ser el delantero titular de la selección y otra sobre el precio de las entradas del Mundial a través de un grupo de WhatsApp. Lee que han detenido a 1,343 personas ligadas a los cárteles y siente la misma perplejidad que sentiría si alguien le dijera que en un solo partido han expulsado a 1,343 jugadores. La cifra parece enorme y, sin embargo, no alcanza para explicar el marcador. Quizá por eso vuelve a mirar el fútbol. Porque el fútbol, al menos, tiene una ventaja sobre la realidad: al final del encuentro alguien gana, alguien pierde y el árbitro pita el final. En la frontera, en cambio, los partidos parecen no terminar nunca.
La relación entre México y Estados Unidos mantiene desde hace años una extraña costumbre. Ambos países coinciden en que el narcotráfico es un problema compartido. Después dedican buena parte del tiempo a discutir de quién es exactamente el problema.
Estados Unidos señala a los cárteles mexicanos. México recuerda que millones de consumidores de droga viven al norte de la frontera y que una parte importante de las armas que terminan en manos del crimen organizado viajan precisamente en sentido contrario. Entre ambos argumentos hay algo incómodo: probablemente los dos contengan una parte de verdad.
Mientras tanto, la frontera continúa funcionando como una especie de cinta transportadora donde pasan mercancías legales, mercancías ilegales, trabajadores, turistas, inversiones, camiones, sospechas y reproches en ambas direcciones. Una de las fronteras más transitadas del planeta y, quizá por eso mismo, una de las más difíciles de controlar.
La Embajada estadounidense resumió la operación con un mensaje breve: “Más seguros juntos”.Para el FBI es una victoria operativa; para los ciudadanos de ambos países, una prueba más de que la batalla sigue abierta.
Al final, uno mira la cifra y experimenta una sensación extraña. Mil trescientas cuarenta y tres personas son muchas si pensamos en una escuela, en un barrio o en un estadio lleno. Pero parecen sorprendentemente pocas cuando hablamos de un negocio que mueve miles de millones de dólares y atraviesa dos países de punta a punta.
Quizá por eso la noticia impresiona y tranquiliza al mismo tiempo. Impresiona porque 1,343 hombres son muchos. Tranquiliza porque alguien los ha detenido. Y, sin embargo, deja una sensación difícil de quitarse de encima. La misma que tiene el aficionado cuando abandona el estadio después de un empate extraño y no sabe muy bien si ha visto el final del partido o solo el final del primer tiempo.
En la frontera, los partidos parecen no terminar nunca.
Fotografía Evelyn Hockstein/Reuters
Covadonga De Viedma
Covadonga De Viedma es licenciada en Ciencias de la Comunicación y ha construido una trayectoria amplia entre el periodismo, la edición y la comunicación pública. Su trabajo se ha desarrollado en México, España y Dinamarca, con experiencia en medios, gobierno, cultura y educación. Ha realizado programas de radio, colaboraciones en televisión y proyectos editoriales vinculados al análisis de la actualidad. En Centralia Noticias escribe sobre política y pensamiento contemporáneo, con una mirada crítica, irónica y aguda sobre la realidad. Su estilo combina observación, contexto y humor inteligente para leer los temas del presente más allá de la coyuntura inmediata.







